Coquimbo, a mediados de los años 70, aún tenía calles oscuras. Al crecer considerablemente la población, las familias más jóvenes, que necesitaban formar un hogar, se dedicaron a hacer tomas ilegales de terrenos en la parte más alta de la ciudad, sin notar, el alto costo que significaría, que se dotara de luz y agua potable, tan vitales elemento de progreso, a esos sectores tan alejados y de difícil configuración geográfica del puerto. La miseria que involucraba el irse a vivir tan lejos del centro y la cantidad de hijos, que acarreaba cada pareja, alejaba la urgencia de contar lo más pronto con tan necesario adelanto .
El Polígono Estrella de Chile, ya no existía y las casas empezaban a proliferar en torno a la milagrosa Anima del Quisco, descubierta y creados años atrás. Mi barrio recién constituido en los 60, inserto en plena quebrada y corazón de lo que hoy llaman Parte Alta, carecías de luz eléctrica. Las calles al atardecer, dejaban una estela de pasos; de niños jugando a la pelota, al trompo, a las canicas; pasos de mujeres, acarreando agua de los pilones cercanos, para solventar las urgencias domésticas. Todo se ocultaba luego entre las sombras.
Las noches de invierno eran las más terribles. Ocultos al atardecer en la casa de adobes, que años antes había hecho el maestro Jacinto. Junto a mis hermanos, tratábamos de capear las horas, mirando el suave contraste de color, que producía la luz de las velas, haciendo figuras entre las sombras. Con mirada insolente, pero resignada, nadie se atrevía a desobedecer las ordenes impartidas por mi madre, que no encontró, otra mejor manera de mantener a sus 9 hijos, limitados en sus movimientos nocturnos, con historias de terror; de espectros malignos, que rondaban las calles y los recovecos de la casa a oscuras; como podemos olvidar ahora los recuerdo de la Llorona, que no se cansaba de maldecir su pena en cada esquina del barrio, buscando a sus hijos perdidos, con sus gritos de espanto y desgarro; El Diablo, oculto entre la frondosa higuera de nuestro vecina, en las noches de San Juan; los Duendes traviesos, que nos hacían comer tierra y amanecer bajo el catre de noche en noche; el Mal de Ojo, de las vecinas envidiosas y el crujir de las cadenas del demonio, que arrastraba por las calles. La loca Charo y su lastimero llanto, era la única maligna ocurrencia, que se hacia visible en carne presente, porque de vez en cuando, amanecía frente a nuestra casa, toda escarchada por el rocío de la mañana, entre harapos añejos.
Debo reconocer, la capacidad histriónica e imaginativa de mi madre, que nos llenó de mitos y supersticiones, creando un mundo imaginario propio del Realismo Mágico, tan en boga en esa época.
Hay una historia que fue, la que más marcó a mi infancia. Aún recuerdo esa noche, con una luna menguante, meditativa, tan nítida como si fuera ayer. Tantas veces me lo dijo, pero mi naciente orgullo lo impidió y no dejó que ese afán de culpa se impregnara, esa advertencia tan macabra, que impedía salir de noche a la calle.
PINHEAD

Excelente narración tal como dicen ustedes, las calles eran muy oscuras en esos años y esos personajes existieron a pesar de todas esas cosas eran mejores tiempos no había tecnología, pero las entretenciones eran otras juegos totalmente sanos, agradecido de ustedes por publicar estos hechos, que en su momento acapararon toda la atención de los pobladores de la parte alta.
ResponderEliminar